domingo, agosto 06, 2017

Instantes



José Luis Peregrina Solís


Mis testículos reposan muellemente en el escroto; el cerebro se ha olvidado de las histéricas sinapsis; las hormonas duermen en mi sangre; la piel ha dejado de quejarse; me acaricia suavemente el almidón del aire; sin estridencias, la luz ilumina, no hiere, no corta, no hiende; el músculo está laso, el hueso lo sostiene, el cuerpo se siente liberado, leve, ingrávido; en el patio el verde de los árboles; un silencio que no ofende, una soledad que no es condena; la pregunta dejó de ser cortante; la cicatriz se desvanece; las respuestas ya no importan; la vida respira tranquila por mis poros; ninguna piedra hay en mis zapatos, ninguna espina circunda mi frente; ninguna culpa, ningún recuerdo me atosiga; el futuro no es prometedor ni amenazante; no existe la muerte; nunca hubo una caída, nunca hubo un levantarse; ni imagen ni palabra llevo tatuada eternamente; están abiertos los caminos; mi pensamiento es una fuente; ni existe ni existió nunca un superhéroe; el agua es inofensiva, transparente; la tierra sustenta mi camino; el fuego no es necesariamente quemadura; la nube me acompaña con su sombra; el sol no miente; es mediodía, el mar espera condescendiente y calmo; no pide explicaciones ni se explica; me recibe sin reproches ni preguntas; su sal me purifica, su oleaje me acaricia; no tengo sed, ni hambre; no siento el transcurrir del tiempo; ha caído la noche; la luna esplende y, relajada como yo, desnuda como yo, sosegada, me acompaña y nadamos “de a muertito” hacia ninguna parte; el mar no impone rutas; y, siendo libre, no esclaviza a nadie.

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