domingo, agosto 06, 2017

Autorretrato



José Luis Peregrina Solís

Probos, incansables, irreductibles, acertando y equivocándose, persistiendo, los hombres de ciencia se encierran por años interminables en sus laboratorios buscando la cura del cáncer, el sida, el ébola, la locura y otras miles de enfermedades antiguas o de reciente aparición: luchan contra el virus, la bacteria, el bacilo, la enfermedad, la vejez, la muerte. En los campos del Ejército, la Aviación, la Marina, la Policía de todos los países del mundo se entrenan y adoctrinan millones de hombres para exterminar a las naciones vecinas, enemigas históricas, por diferencias de raza, religión o régimen político. Hacen rondines de vigilancia en las lindes de sus fronteras en tanto el crimen organizado monta guardia permanente en sus guaridas y casas de seguridad. Distribuyen drogas, extorsionan, secuestran, mutilan, asesinan. Los políticos, con sus contadas excepciones, hacen lo que mejor han hecho siempre: mentir, corromper, robar, salir impunes. Como contraparte, los idealistas crean guerrillas, movimientos clandestinos de resistencia, células para combatir al sistema opresor. Otros se integran en ONG’s para llevar asistencia y consuelo a los perseguidos, a los refugiados, a los niños enfermos, a los ancianos, a los presos, a los desahuciados, a los vulnerables, a los desvalidos. Luchan por la libertad, la verdad, la revolución, la democracia, la justicia. También están los que se limitan a obedecer la inercia biológica y social y se casan, tienen hijos a los que mandan a la escuela y llevan regularmente al médico y se precaven económicamente para su futuro y el de los suyos cumpliendo o excediendo rigurosamente sus horas de trabajo en la oficina, en la fábrica, en la mina, en el campo. Los religiosos, los creyentes, los místicos de todas las religiones ingresan al clero o crean comunidades y llevan a cabo rituales, ceremonias, rezos a las divinidades para salvar sus almas inmortales, las de sus enemigos e incluso las de aquellas personas  que no creen tener ninguna. Cuarto mandamiento budista: “Por innumerables que sean las criaturas errantes en el universo, trabajaré para salvarlas”. Los filósofos, los pensadores, los hombres de letras, los artistas, los humanistas se desvelan leyendo, analizando, pensando, escribiendo, representando, para extender la conciencia y durante décadas se encierran en oscuros cuartos y bibliotecas, estudiando, ahondando en el conocimiento y la sabiduría que los lleva a interpretar la realidad, identificar y definir los problemas, proponer soluciones. Ahí están sus conferencias, sus cátedras, sus ensayos, sus novelas, sus cuentos, sus poemas, sus canciones, sus obras teatrales, sus danzas. Hay quien es asistido por Dios o por la musa o por el Ello, o quien se atiene estrictamente a la razón pura. Hay quienes cargan con dignidad su enfermedad, su sufrimiento, su discapacidad. Hay quienes les dan sostén y aliento. Hay quienes piensan, quienes actúan, quienes se sacrifican. Me limitaré a unos cuantos ejemplos: Cristo, Buda, E.M. Foster, Sócrates, Fray Bartolomé de las Casas, Balzac, Rodin, Teresa de Calcuta, Mozart, Copérnico, Miguel Servet, Flauvert, Giordano Bruno, Pierre y Marie Curie, Tony Morrison, Albert Camus, Sartre, Zoe Oldenbourg, Kant, Kierkegaard, Thomas Mann, Freud, Marx, Einstein, Nina Simone, Rosa Park, Erasmo de Rotterdam, Martin Luther King, Beethoven, Nelson Mandela, Jerónimo, Zapata, el Che Guevara, Malcolm X, Edward Witten, el EZLN, Picasso, Yukío Mishima, Rosario Castellanos, Margarita Yourcenar, Shakespeare, Cervantes, Dostoievsky, Joyce, Truman Capote, Simone Weil… y otros miles de iluminados por la gracia o la fe o las neuronas espejo que anónima y trabajosamente, sin reclamar ningún reconocimiento para sí, luchan y aportan un grano de sal y otro de azúcar por el bien de sus semejantes. Hay quien canta, pinta, edifica, baila, hace películas, fotografía, sonríe, llora, clama, grita, actúa. Hay quien juega, quien maldice, quien mata, quien disputa, quien concilia, quien enseña, quien cura, quien se compromete, quien sueña, quien aprisiona, quien hace volar un papalote, quien salva, quien libera, quien perdona, quien manda una sonda espacial a Saturno, quien eleva un muro fronterizo, quien lo agrieta, quien reparte sus riquezas y se retira del mundo, quien odia, quien ama, quien tortura, quien resiste, quien enloquece. Hay, también, quienes después de mucho bregar, se rinden: Hemingway se pega un escopetazo, Estefan Zweig un balazo en la sien, Kosinsky mete la cabeza en una bolsa de plástico, Silvia Plath opta por el horno de gas, Poe muere ahogado en su vómito, Virginia Woolf llena de piedras su abrigo y se hunde en el Río Ouse.

En cambio yo, cobarde, débil, evasivo, desequilibrado, incapaz, me limito a cerrar la puerta de mi cuarto y correr las cortinas de las ventanas, encender mi tenue lámpara amarilla, apuntarla contra la pared y quedar en una oscura penumbra; pongo entonces en la computadora los nocturnos completos de Chopin y me dejo caer en la hamaca, dolido, avergonzado. Y bebo, bebo, bebo, hasta alcanzar el embrutecimiento absoluto, la ataraxia, la inconciencia. El olvido de mí mismo.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario

Bienvenido a los comentarios. Cualquiera es válido si se hace constructivamente y con respeto.